Bienvenidos a la edición cibernética de la Revista Ekuóreo, pionera de la difusión del minicuento en Colombia y Latinoamérica.
Comité de dirección: Guillermo Bustamante Zamudio, Harold Kremer, Henry Ficher.

189. Fantasmas V



Mujina. Yōkai 妖怪


Un huevo
   Anónimo japonés

   Un viajero encuentra en el campo a un personaje con una cabeza completamente lisa como un huevo, sin un solo rasgo.
   Aterrorizado sube a la carretera y le pide al campesino que arree el caballo de inmediato.
   —¿Qué pasa? —le pregunta el campesino.
   —Fue que vi a un hombre que tenía el rostro liso como un huevo.
   —Entonces —respondió el campesino volviéndose—, ¿tenía el mismo rostro que yo?





El perturbado inquilino
   David Alexis Ramírez

   No creo en fantasmas, pero últimamente unas voces miedosas han abrumado las habitaciones y muchas pisadas han medido la largura polvorienta de los corredores. He percibido charlas en que una voz cuenta a otra sus pánicas aventuras de caza, o el cabal rendimiento de sus acciones en la capital Edimburgo, o sus prohibidos amores.
   Estoy muy intranquilo porque es la primera vez que semejantes seres impredecibles perturban la paz de este castillo en el que he sido feliz siglos y siglos, ambulando sus aposentos y patios, atravesando sin abrir sus puertas, viendo el alba por entre sus ruinosas paredes, o inventando huracanados silbidos que hacen bambolear las ventanas como si las animara la vida.


Sombra de su sombra
   Henry Ficher
   
   El hombre había muerto, pero se resistía a irse de la casa que había habitado. Cuando los nuevos inquilinos trajeron un espiritista para tratar de expulsarlo, se escondió en el más allá. Nunca supieron si se había ido del todo.


El fantasma escocés
   Carlos Pujol

   En Escocia, la noche de San Silvestre no se niega a nadie la entrada en las casas, aunque se exige el requisito de llevar bajo el brazo una botella de whisky. Así, en medio del tumulto de aquellas excitadas horas, conocí a Sir Malcolm, fantasma desambientado y ebrio que insistía tartajosamente en su desazón espectral.
   Hablamos largo y tendido, él de su pasado heroico, que nublaban no sé qué bromas de tristeza, yo de mis sueños, y coincidimos en todo, o al menos ésa fue la sensación que tuve. A nuestro alrededor, ginebra y whisky daban más estrépito a la orgía común, y teníamos que acercarnos mucho el uno al otro para oír nuestras sentidas palabras.
   Recuerdo muy bien el olor a jardín húmedo y a brezo de las landas, y que una y otra vez se entristecía, friolero, a pesar de la proximidad de la chimenea. Volcó su corazón en confesiones de las que la memoria sólo guarda un eco de dolor antiguo, y supo escuchar lo que yo le conté como un abuelo inmemorial que no juzga, comprende y conforta con la mirada.
   —Ojalá todas las noches fueran así —afirmó, envolviéndome en un aura de gratitud, recordando quizá fastidiosos milenios de vida ultraterrenal.
   Cuando iba responder, él ya había desaparecido, sin dejar tras de sí más que efluvios de tierra mojada y campo abierto. Llevábamos dos o tres horas del nuevo año, la noche era estridente y una rubia desgarbada que decía llamarse Peggy me hacía señas inseguras desde el otro extremo del salón. Entonces me froté los ojos que habían visto lo invisible.
(Nuevas letras)


Los que no están
   Alejandro Bentivoglio

   Algunas noches nos despertamos preguntándonos quién está bailando en el piso de arriba. Pero nadie sube a ver, porque está vacío hace años y ¿cómo saber qué se encontrará? No tememos a los fantasmas o a invasores. Sin embargo, es mejor no ir.
   Por otro lado, los del piso de abajo, ellos sí que no tienen de qué preocuparse. De nuestro piso vacío hace años que no sale ruido molesto alguno.
(Música para náufragos)


La estatua inesperada
   Ramón Gómez de la Serna

   No se supo nunca por qué había brotado aquella estatua en el jardín.
  El caso fue que una mañana se encontraron con ella, quieta en el gesto hipócrita de las estatuas, sobre un pedestal de haber estado allí toda la vida.
   Se hicieron indagaciones, se preguntó en diez leguas a la redonda. Nadie sabía nada.
   Sólo el que todo lo explica de alguna manera opinó que aquel debía ser un fantasma, que había vuelto la cabeza o había hecho algo prohibido por la ley y se había quedado convertido en estatua de piedra.

(Caprichos)


Recaída
   Manuel Mejía Vallejo


   Mucho después de haber renunciado a seguir haciendo milagros, un día me le aparecí a la Virgen.
(Sombras contra el muro)